8 de julio de 2009

Presos olvidados


“Es una responsabilidad tremenda la vida,
las cosas que no te atreves a hacer a tiempo,
después las quieres reparar
pero del atrevimiento te olvidas”.
En una casa vieja, de paredes verdosas y aromas nostálgicos de los 50, cuatro canarios cantan con voz ronca mirando al cielo, ilusos amarillos que sueñan con el mundo, y con ellos Lupita atesorando, aferrada a sus prisioneros viventes, con la seguridad de tener algo vivo cerca, se abraza fuertemente a su mentira. La soledad es triste y cruda, la soledad vuelve loco a cualquiera, saca lágrimas secas que parten el alma de lado a lado, los 85 naceres se vuelven mudos cuando no hay velas que lleven la cuenta. ¿Importa?
La acompañan sinsabores frente a la ventana, amargos abandonos y desdichados ayeres de adiós, añoranzas de amor, de vida, de vigor.
Y Misifús la mira desde su sillón verde.-Estamos muy solos- piensa y se acerca a ella untándole su espalda jorobada, dándole abrigo con sus patas suaves y peludas, más para ella es el simple gato que maulla, sin saber que dentro de su corazón vive un amigo eternizado y a su lado criaturas de extraña ternura dispuestas a acariciarle, a amarle y consolarle. Nadie sabe lo que es habitar un cubo viejo, de puertas cerradas y ventanas grises. Lupita lo sabe, su Alzheimer lo sabe, mas el amor hacia Agustín y la compañia de sus cuatro reos roncos, le consuelan poco a poco.
Sentada frente al ropero café, de ornamentos en oro descascarado, abre la puerta y saca una foto de Filemón. Sonriendo la limpia con su hermosa y antigua mano, y cuidadosamente de nuevo la guarda, evocando al amor. Huye al patio, mira a sus presos color sol y les sonríe, éstos le devuelven una mirada triste detrás de su reja; la intentan consolar con su canto, pero sus picos enmudecen de pena.
Una cucaracha alaba su trozo de galleta, escondida bajo una silla camina arrastrando una pata que está a punto de perder de tan vieja, y se lamenta no haber nacido mariposa, ser bruja y no princesa.Mientras, un ratón ciego juega a que lo persiguen escobas disfrazadas de fuertes gendarmes, corre entre las habitaciones que huelen a naftalina olvidada, deambula presuroso con sueños de asustar elefantes. Misifús lo mira, lame sus bigotes se recuesta nuevamente en la felpa casi extinta del sillón, sonríe y susurra silencioso –Ah! poderoso minimizado que ha decidido quedarse entre nosotros los presos olvidados –
Las plantas silenciosas se miran entre ellas -¿donde quedó el amor?, y ¿por qué la rosa se secó esperando?
Regresa Lupita al interior de su celda, se guarda en la sombra fría, desempolva un L.P. de Agustín Lara y prende el estereo apolillado, sonríe emocionada, recargando su oído en la bocina que vibra cantando. A ojos cerrados, Lupita escucha a Agustín cantar: - Abriste los ojos con el suave ritmo de tus pestañas y aunque de tus labios escuché un “te quiero”, sé que tú me engañas…
Y se sonroja timidamente, negándolo con su cabeza; toca sus labios y mueve lenta y dolorosamente su cuerpo, abraza su pecho, abre sus ojos, enamorada, de Agustín y de Filemón, baila solitaria, se siente agrietada del corazón, abandonada por el mismísimo amor, toma una mano con la otra y de lado a lado se va debilitando. De lejos observan sus cuatro presos, sonrientes acompañan a Agustín. Misifús se sienta y voltea hacia el patio, mira a los amarillos alados.
Entonces Agustín termina su espectáculo. Lupita suspira, recuerda su reuma y lentamente avanza, de nuevo su cuerpo se derrite tomando la forma de un árbol jorobado, sus cuatro soles se quedan callados. La cucaracha recuerda que no es mariposa, sólo lo ha soñado; Misifús vuelve a dormitar. Por hoy se ha acabado. Lupita se recuesta sobre la cama, triste mira hacia el techo y trata de recordar. -¿Dónde quedó Filemón, quién es Agustín, que ha pasado?, ¿quién soy?, ya todo he olvidado.
Es hora de morir una noche más, para mañana y los demás mañanas volver á agonizar dentro del cubo gris que el tiempo le ha dejado.

Si la realidad está a partir de la muerte, que es suspender frágilmente las lágrimas cubriéndolas con los párpados, ponerse las alas amarillas de los encarcelados, abrir la reja oxidada y partir volando, entonces Lupita es libre.
A esta luna, Agustín la besó apasionadamente bajo la fresca sombra de un olivo.

Licha

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